Mudanza

Hoy he soñado con un cambio de casas.

Nos mudábamos dos o tres veces. Al principio, cada vez que entrábamos en una nueva, me sentía renovada. Sentía el frescor de un espacio nuevo. La ilusión de ocupar un lugar que abría sus habitaciones desconocidas. A medida que avanzaba descubría un nuevo cuarto, un nuevo ángulo. Me sorprendía de encontrar un escenario que en algún momento había deseado. En la última de nuestras mudanzas había una terraza, un jardín posterior con una pequeña piscina que al final resultaba ser un pequenísimo estanque, y un jardín anterior con un porche.

Ninguna casa era igual. Al menos una de ellas era, en realidad, un piso a dos niveles. Y recuerdo que, al darme cuenta de que había unos escalones en el pasillo, pensé en el impedimento que supondría para la movilidad de mis padres, sobre todo, para hacer rodar una silla de ruedas; fue apenas una imagen. Había dormitorios adecuados para cada miembro de la familia. Y aquí viene lo curioso: mi familia estaba hecha de mis dos hermanas, mis padres, mi marido, mis dos hijos, mi anterior perro y yo. No estaban mis dos hermanos y no estaba mi perra, la que tengo ahora. No quedaba claro el estado de la relación familiar entre nosotros. Éramos simples habitantes de una casa que iba mudando de forma.

En la primera de las casas había un informático que intentaba solucionar el hecho de que no hubiera constancia de mi identidad; mi DNI no constaba en las instituciones, en la administración. Mi identidad se había extraviado, evaporado sin conocer la causa. Mi hijo mayor me explicaba que una persona había llegado y se había puesto a solucionarlo. Luego estaba yo y vi que efectivamente esta persona estaba frente a la pantalla del ordenador hablando con un ente, alguien al otro lado del micrófono que había incrustado en la pantalla, para solucionar el asunto de la desaparición de mi identidad, de que mi DNI no constara en la administración. Mi atención derivó de buenas a primeras a buscar la forma de hacer la compra. Mi interés se centraba principalmente en encontrar una lata de tomate fresco de la marca Apis. para entonces el área de supermercado donde se hallaba este tipo de producto se había desbaratado.

Se sucedieron las mudanzas sin saber qué pudo ser de la lata de tomate ni de mi DNI. Un cambio tras otro, y entre tanto me preocupaba la distancia que medía desde cada nuevo hogar hasta el área donde pudiera hacer la compra. Cada vez se hacía más grande, lo que me parecía un gran inconveniente y me desalentaba.

En una ocasión, creo que en la segunda casa, determinamos que mis hermanas y yo durmiéramos en la misma cama. Era necesario por espacio, a pesar de que no faltaban dormitorios. Mi hermana la mediana, en un extremo, y la mayor, en mitad de la cama, me esperaban y se reían, y luego yo me sumé a ellas ocupando el extremo opuesto, el que quedaba. Nos reíamos con ganas.

Aunque sentía la lozanía del cambio y la alegría de hallar espacios ensanchados, poco a poco asomaban sus imperfecciones, las de las casas. Comprendía que iban a necesitar una gran limpieza y una buena dosis de reforma. Estaban en estado de abandono. De modo que en la última mudanza volví a sentir la renovación del cambio, la ilusión de tener un jardín para el perro, un porche y un pequeño estanque, en el que mi madre y mi hermana la mediana no dudaron en zambullirse —a mí me daba apuro su oscuridad fangosa—, pero pronto se apareció a mis ojos su estado de abandono, la necesidad de limpiar y de arreglar la casa entera. Además, la distancia hasta el área comercial para hacer las compras se hacía demasiado grande para caminarla. Yo debía ir a pie, pues no conducía y dependía de otro para que me llevara.

El sueño se cerró con una improvisada reunión de una comunidad de vecinos —extraños personajes con caras de pocos amigos, bastante sucios y de apariencia mejorable— que nos aceptaban en la última de las casas a las que nos habíamos trasladado, siempre que no tuviéramos intención de volver a mudarnos en un mucho tiempo.

Yo me dije, o se lo dije a los míos, que eso iba a ser así de todos modos.

El sexto sentido – Amado Nervo

La humanidad vivía atada a la Tierra con una cadena de oro y engañada por el oro mismo, presumiendo que sólo dentro de ese torbellino de metal era posible la vida. En un siglo de progreso desigual, en un periodo de mercadería, el hombre iba animalizándose lentamente, sin una brizna ya de energías íntimas para las cosas esenciales, para la contemplación del universo. Y como procuraba pulir y afinar su espíritu para volverlo indestructible, inmortal, sólo su oro le sobrevivía, y eso en manos de otros (¡cuán otros sí!) de aquellos por quienes había trabajado, penado y sufrido desvelos. Y a poco andar, el oro ya no era nada, ya no valía nada, ni significaba nada. El mundo, llegado a una etapa muy avanzada de su desenvolvimiento, ni memoria tenía de que hubiese existido la moneda. Y todo el trabajo, toda la fatiga de los siglos, todo el odiar y llorar y anhelar por el oro y para el oro, aparecían entonces inútiles y ridículos, y lo único serio era el pensamiento de los hombres, hecho todo de inmaterial luz y de excelso ensueño…

El sexto sentido, Amado Nervo.

El extraño del bosque – Mike Finkel

Su principal forma de entretenimiento era la lectura. Los últimos momentos que pasaba en una cabaña transcurrían ojeando las estanterías y mesitas de noche. La vida dentro de un libro se le antojaba amable. No le ponía exigencias, a diferencia del mundo de los humanos, tan complejo. Las conversaciones entre personas son como un partido de tenis: rápidas e impredecibles. Hay constantes señales visuales y verbales sutiles: indirectas, sarcasmo, lenguaje gestual, tono. Todo el mundo titubea alguna vez, víctima de la torpeza social. Es parte de la condición humana.

A knight le parecía imposible. Su relación con la palabra escrita podía ser lo más cerca que estuviera de tener un encuentro genuino entre humanos. Los días que pasaban entre un saqueo y otro le permitían sumergirse en las páginas de un libro, y si se sentía atraído por él podía flotar en ese mundo, sin que nadie lo molestara, todo el tiempo que quisiera.

[…]

Afanó una copia de Ulises, pero puede que fuera el único libro que no terminara de leer. «¿Qué sentido tiene? Sospecho que era una especie de chiste por parte de Joyce. No abrió la boca mientras la gente veía en él más de lo que había. A los seudointelectuales les encanta dejar caer el título de Ulises cuando les preguntan por su libro preferido. Me niego a sucumbir a la presión intelectual de terminarlo.»

[…]

Ni se le pasó por la cabeza llevar un diario. Nunca le permitiría a nadie leer sus pensamientos privados, y por eso no se arriesgaba a escribirlos. «Preferiría llevármelos a la tumba», dijo. Además, ¿desde cuándo son sinceros los diarios? «O bien cuentan un montón de verdades para encubrir una única mentira, o un montón de mentiras para tapar una sola verdad.»

[…]

Creo que la mayoría de nosotros sentimos que nos falta algo en la vida, y me preguntaba si el propósito de Knight era encontrarlo. Pero la vida no se trata de buscar interminablemente lo que falta; se trata de aprender a vivir con esa ausencia. Knight llevaba fuera demasiado tiempo, y me daba la impresión de que no había vuelta atrás. tenía una mente, pero sus pensamientos únicamente le había llevado a estar solo en el bosque.

El extraño del bosque, Mike Finkel (traducción de Ana Flecha Marco)

Una forma de contar las cosas

Hay una forma de contar las cosas que fluye por todas partes y no obliga al lector a juntar todas las partes por su cuenta.

Hasta hace un tiempo, eso tenía algo de divertido, tener que juntar las partes, pero ahora necesito que me narren de principio a fin. No tiene por qué tener un principio anunciado a bombo y platillo, ni un final que no deje espacio para nada más. Lo que quiero es escuchar una historia. Aunque lo que haga no sea propiamente escuchar, sino leer, consigo oír la voz de alguien que no me deja que me pierda. No me suelta de la mano. Sabe hilar ahí donde el hilo se vuelve demasiado fino, y sabe dejar que imagine cuando calla, cuando las palabras sobran.


Momo y Beppo Barrendero

Cuando estaba barriendo las calles, lo hacía muy despacio, pero de seguido: a cada paso inspiraba aire y con cada inspiración pasaba la escoba. Paso-inspiración-barrido. Paso-inspiración-barrido. De vez en cuando se quedaba un ratito parado y dirigía la mirada al frente, pensativo. Y después comenzaba de nuevo: paso-inspiración-barrido.

Mientras iba avanzando lentamente, con la calle aún sucia ante sí y la calle ya limpia tras de sí, le venían a la cabeza grandes pensamientos. Pero eran pensamientos desprovistos de palabras, pensamientos tan difíciles de comunicar como un determinado aroma del que uno apenas se acuerda con dificultad, o como un color con el que se ha soñado. Después del trabajo, cuando se quedaba sentado junto a Momo, le explicaba a ella sus grandes pensamientos. Y como la niña le escuchaba de un modo tan especial, se le soltaba la lengua y hallaba las palabras adecuadas.

—¿Sabes, Momo? —decía entonces, por ejemplo—. La cosa es así: a veces tienes ante ti una calle muy larga. Uno piensa que es tan terriblemente larga que nunca logrará acabarla.

Se quedó callado durante unos instantes con la vista perdida hacia el frente y después prosiguió:

—Y entonces comienzas a apresurarte. Y cada vez te apresuras más. Cada vez que alzas la vista, ves que lo que te queda no ha menguado. Y te esfuerzas más y más, te agobias y al final estás sin aliento y no puedes más. Y la calle se extiende aún ante ti. Así no se hacen las cosas.

Reflexionó durante unos instantes. Después continuó hablando:

—No hay que pensar nunca en toda la calle de una vez, ¿entiendes? Solo hay que pensar en el siguiente paso, en la siguiente inspiración, en el siguiente barrido. Y una y otra vez, tan solo en lo siguiente.

De nuevo se interrumpió y se puso a pensar antes de añadir:

—Entonces disfrutas, y eso es importante, porque de esta manera haces las cosas bien. Y así tiene que ser.

Y de nuevo, tras una larga pausa, continuó:

—De repente, uno se da cuenta de que, paso a paso, ha barrido toda la calle. Ni siquiera sabe cómo y, además, no se ha quedado sin resuello.

Alzó la mirada y poniendo punto final, dijo:

—Eso es importante.

Momo, Michael Ende (traducción de Begoña Llovet Barquero).

31 de julio de 2020

Ayer me confundí de día, pensé que ya era el día siguiente. Es una lógica que persigue este verano; el orden del calendario se hace vago.

Hoy sí es fin de mes, el fin del mes de julio de 2020. Ya han transcurrido siete meses del año y aún estamos haciendo camino como si fuéramos a empezarlo. Y llegará agosto y se detendrá el tiempo, que ya se detuvo a principios de este año, y haremos como si se pareciera a cualquier agosto pasado. Tendré las horas del día para pensar y las de la noche para procurar soñar. El calor no dará tregua salvo para cuando agosto se torne más distante del sol, y no habrá apenas nadie en la calle en la mañana de un sábado o de un domingo, y los únicos que existiremos nos repartiremos entre las mesas de las terrazas de un bar o una cafetería valiente y los interiores recalentados de los edificios y refrigerados, cada uno a su modo, si eso es posible para todos. Pero habrá siempre un lugar reservado, privilegiado, para los que habitemos la ciudad en este mes de agosto que asoma; y ese lugar podremos llamarlo vida, una vida que se confita a fuego lento, y el resultado será una conserva que podremos degustar a largo plazo.

Pues eso, tendré las horas del día para pensar y las de la noche para soñar, o será al contrario…


Aviso previo del autor, Huckleberry Finn

Aviso previo de Huckleberry Finn a la narración contada por él mismo.

AVISO

Las personas que intenten encontrar un motivo en esta narración, serán perseguidas.

Aquellas que intenten hallar una moraleja, serán desterradas.

Y las que traten de encontrar un argumento, serán fusiladas.

Por orden del autor,

el jefe de órdenes.

Las aventuras de Huckleberry Finn, Mark Twain (traducción de José A. de Larrinaga).

Huckleberry Finn y la difunta Emmeline Grangerford

En la pared había muchos cuadros colgados, principalmente de Washington, de La Fayette, de batallas, de María la Escocesa, y uno que ponía «Firmando la Declaración». Había otros que ellos llamaban «dibujos al creyón», que una de las hijas, que estaba muerta, había hecho solita cuando tenía quince años nada más. Eran diferentes a todos los cuadros que yo había visto antes; más negros, generalmente, de lo corriente.

Uno representaba a una mujer con un vestido negro y una cintura por debajo de las mangas y un gran sombrero negro, en forma de cogedor, con un velo negro, y tobillos blancos, esbeltos, con cinta negra entrecruzada, y unas pequeñísimas zapatillas negras. Y estaba muy pensativa, con el codo derecho apoyado en una lápida, debajo de un sauce llorón. Y la otra mano le colgaba junto al costado, con un pañuelo blanco y un monedero, y debajo de la estampa decía: «¿No os volveré a ver jamás, ay de mí?».

Otro representaba una joven, con el pelo peinado para arriba, hasta la coronilla, y allí se hacía un nudo, delante de una peineta que parecía el respaldo de un silla. Y estaba llorando con el pañuelo junto a los ojos, y tenía en la otra mano un pájaro muerto, panza arriba, con las patas en alto. Y debajo del cuadro decía: «¡No volveré a escuchar tus dulces trinos, ay de mí!».

Había otro en que una joven estaba asomada a la ventana, mirando a la luna, y le caían las lágrimas por las mejillas. Y tenía una carta abierta en la mano, viéndose un poco de lacre negro en un borde. Y se estaba frotando un dije con cadena contra la boca. Y debajo decía: «¿Y te has ido? ¡Sí, te has ido! ¿Qué va a ser de mí?».

Todas estas estampas serían muy bonitas, pero no sé por qué no se me hacían simpáticas, porque, como estuviera un poco decaído, siempre me aplanaban más. Todos sentían mucho su muerte, porque se había estado preparando para hacer muchas más estampas de aquellas y, por lo que había hecho, podía darse uno cuenta de lo que se había perdido. Pero yo creo que, con su temperamento, estaría pasándolo mucho mejor en el cementerio.

Estaba trabajando en lo que decían que era su cuadro más bueno cuando se puso enferma y todas las noches rogaba a Dios que la dejase vivir hasta que lo hubiese terminado; pero jamás pudo hacerlo. Era el cuadro de una joven, con un vestido blanco, largo, de pie sobre el pretil de un puente, a punto de tirarse, con el pelo suelto por la espalda, lágrimas en la cara, dos brazos cruzados sobre el pecho, dos extendidos hacia delante y dos levantados hacia la luna. La idea era ver cuál de los tres pares hacía mejor efecto y después borrar los otros dos; pero, como decía, se murió antes de tomar una decisión y ahora conservaban el cuadro sobre la cabecera de la cama de su cuarto y, cuando llegaba el día de su cumpleaños, lo adornaban con flores. El resto del tiempo estaba escondido tras una cortinita. La joven de la estampa tenía una cara muy dulce; pero tenía tantos brazos que se parecía demasiado a una araña, en mi opinión.

Esta niña tenía un libro de recortes, cuando vivía y pegaba en él esquelas, y accidentes, y casos de conformación con el sufrimiento, recortados de El Observador Presbiteriano, que le servían de motivo para escribir versos que se sacaba de la cabeza.

[…]

No tenía preferencia; sabía escribir de cualquier cosa que le dijeran, siempre que fuese algo triste.

Cada vez que se moría un hombre, o se moría una mujer, o se moría un niño, se presentaba ella con su «tributo» cuando aún no se había enfriado el cadáver. Ella los llamaba «tributos». Los vecinos decían que primero era el médico, luego Emmeline y después el de las pompas fúnebres. El de las pompas fúnebres solo se adelantó a Emmeline una vez, y fue porque la muchacha se quedó atascada buscándole consonante al nombre del difunto, que era Whistler. Ya no volvió a ser la misma. Jamás se quejó, pero empezó a languidecer y no vivió mucho tiempo.

Las aventuras de Huckleberry Finn, Mark Twain (traducción de José A. De Larrinaga).